Está científicamente demostrado que las flores hacen que te sientas mejor.

En 2005, la profesora universitaria Jeannette Haviland-Jones envió tres tipos de paquetes distintos (uno con una vela, otro con una cesta de frutas o un ramo de flores) a 147 mujeres distintas. Dijo que fue un regalo de agradecimiento, una treta que resultó lo suficientemente verosímil. Todas las destinatarias habían participado en uno de sus estudios psicológicos más recientes. Pero en realidad no fueron regalos, sino variables. Y los hombres que se las llevaron no fueron mensajeros, sino observadores midiendo las expresiones faciales de cada destinataria. Después, al analizar los resultados en su laboratorio, Haviland-Jones descubrió algo que, según recuerda, le chocó. De manera unánime, las que recibieron flores mostraron una sonrisa de Duchenne; una expresión genuina considerada por los psicólogos como “el único indicador de verdadera alegría”. De hecho, tres días después, el grupo de las flores seguía más feliz que quienes recibieron la vela o la cesta de frutas. “Cuando vi que todas las personas que recibieron flores respondieron con la sonrisa de Duchenne pensé, ‘no, esto no sucede’” dijo Haviland-Jones. “En el laboratorio de emociones nunca obtienes una respuesta del 100% salvo que estés dejando caer una serpiente encima de la gente, que consigue una fantástica respuesta de miedo al 100%. Pero, ¿felicidad? No”.

Haviland-Jones probó empíricamente algo que, de manera anecdótica, muchas de nosotras ya sabíamos: las flores son poderosas.

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