El duelo del que no se habla.

El duelo del que no se habla.
Ponemos el foco en un solo aspecto: el nacimiento. Dejando de lado que, para nacer primero hay que morir. La muerte de los ideales, del control, de la mujer que eras y que ya nunca más serás. Cuánto miedo tenemos de hablar de muerte.. Si yo pudiera hablarle a una mujer que acaba de dar a luz, le diría: permítete morir.
Es la experiencia más transformadora por la que vas a pasar. Está a punto de surgir una nueva versión, y trae consigo todo el potencial evolutivo de la Tierra. Abraza esa muerte! Llora y suelta todo lo que tengas pendiente.. Y que se incendie todo… vale la pena!

El bebé llora…..
Si pudiera darle sólo una valiosa información a una mujer que acaba de dar a luz, sería esa: el bebé llora lo que la madre calla.

Siempre veo que sucede. Bebés que lloran sin parar, teniendo pecho ilimitado, teniendo sling, teniendo madre a tiempo completo, teniendo baño de jacuzzi, teniendo música clásica y sonido del útero sonando. Lloran. Sin parar.

Pero ellos no lloran, de verdad. Quien está llorando – por dentro – es la madre, inmersa en el caos del puerperio, entre la privación intensa de sueño y las dificultades de amamantar. La madre calla el llanto, y carga la angustia que dar a luz trae: la responsabilidad eterna de cuidar de otro ser. El fin de la mujer que conocía. El nacimiento de una nueva mujer que es una completa desconocida. Todo el peso que pone un hijo en el mundo significa que recae sobre sus hombros. Y ella calla. El dolor es silenciada, porque casi nadie entiende realmente el peso del puerperio.

El puerperio es un agua contenida, que tarde o temprano necesita ser liberada. El bebé son las compuertas abiertas. Y el agua está hecha un diluvio! Y el bebé va a llorar. Va a llorar la falta de descanso de su madre. La falta de complicidad de su marido. Las dificultades de amamantar. El parto que no siempre sale como lo soñó. El miedo a fallar que su madre carga. Va a llorar el cuerpo que se revela tan deforme.

Nunca se han diagnosticado tantos bebés con cólico, con reflujo y alergias como hoy. Enfermedades que justifican la misma cosa: el llanto que no cesa. Nunca la maternidad fue tan solitaria como es hoy.

Antes, cuando una mujer daba a luz, su madre, abuela, tías, vecinas, todas se encargaban de cuidar a su nueva madre. Cuidar de la casa, de la mujer, ayudarla. Hoy no.

Parimos (y re-Nacimos) y estamos solas. Nadie maneja nuestro desastre – de la casa y del alma. Y nuestros hijos lloran, todo lo que no tenemos tiempo – mientras arreglamos el caos exterior.

Por eso si tu hijo llora, mírate. Mira lo que te duele.
Y llore… el sueño, el dolor, el parto, el miedo, el
amor. Todo esto es demasiado intenso y demasiado grande. Hay que vivir, hablar y también llorar.

Cuidar de ti misma es la primera forma de amar a tu hij@. Solo podemos cuidar al otro cuando nos cuidamos.

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