Nada es eterno…

¿Qué sucede cuando un día un incendio feroz amenaza con reducir a cenizas nuestro sitio sagrado, nuestro templo interior?. Mirando las imágenes del fuego que casi destruye por completo la catedral de Notre Dame, vino a mi mente el recuerdo de algún incendio en mi vida. Esos que son de adentro y a veces nadie ve. Los cimientos que nos conforman parece que estuvieran por colapsar y queremos agarrarnos de lo que podemos y a veces hasta de lo que no debemos. Es enorme el estupor que provoca descubrir que algo que estaba deje de existir o que nuestra vida cambie o que aquella persona ya no esté mas. Cómo duele ese fuego de la pena, las llamas de los «no puedo mas» o de los «qué hago ahora». Quema tanto, queremos llorar y aún así el fuego no cesa. El tiempo pasa y es el que nos ayuda a entender y a aprender que aún lo que parece fuerte, en el fondo es frágil, que las cenizas que quedan hay que entregarlas al viento y seguir adelante, que nada es eterno, que hoy ya no somos los mismos que ayer. El tiempo seguirá transcurriendo y nos daremos cuenta de que lo que verdaderamente somos nunca va a desaparecer, aún en el peor de los infiernos, eso que nos rescata cuando pensamos que no aguantamos mas, lo que nos hace estar aquí y ahora un poco mas enteros para sabernos valiosos y que siempre lo fuimos, porque pudimos resistir lo irresistible y acá estamos, ferozmente vivos.

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