El mundo funciona, en gran parte, de acuerdo a la relación causa y efecto, aunque muchísimas veces no nos damos cuenta de cuáles son las causas y sólo vemos los resultados. Por lo tanto, las cosas, las personas y la vida, son como son, porque se han dado las causas o requisitos previos necesarios para que sean así y aceptar es reconocer este hecho.
Sin embargo, aceptar no quiere decir resignarse. Resignarse es tomar una actitud pasiva, fatalista, con enojo o dolor y decir «ni modo», «no hay nada que yo pueda hacer».
Aceptar, es reconocer cuál es nuestro punto de partida, para cambiar lo que podemos cambiar y vivir de la mejor forma posible lo que no podemos modificar. Aceptarnos, es reconocer nuestras fallas y defectos, sin devaluarnos por ellos, sin rechazarnos y sin enojarnos. Es estar contentos con nosotros mismo por ser, por existir, reconociendo que somos valiosos y dignos de ser queridos y respetados, a pesar de no ser perfectos.
Aceptarnos, es decir con tranquilidad y satisfacción, pero sin emitir un juicio de valor:
“Mi cuerpo, mis sentimientos, pensamientos, deseos, conductas, hábitos, etc., son parte de mí, independientemente de que algunos me gusten y otros no”.
“Son parte de mí, pero no son yo”.
“Esta es mi realidad”.
“Lo que es, es.»
