El entusiasmo no se construye o se desarrolla.

La palabra “entusiasmo” proviene del griego y significa “inspiración divina”, o “Dios dentro de ti”. En la antigua Grecia le llamaban entusiastas a aquellas personas que tenían la capacidad de transformar el mundo que los rodeaba y hacer que sucedieran las cosas. Decían que tenían a Dios dentro de sí, que los guiaba con fuerza y sabiduría.

El entusiasmo no se construye o se desarrolla. Es un estado de fe, porque nada grandioso se logra sin ganas.

El entusiasmo es sentir interés y placer al hacer las cosas, sustituir una actitud pasiva frente a una activa y motivada, hacer todo con un buen ánimo y que resulte agradable cumplir las tareas, perseguir los sueños y no abandonar el camino que lleva hasta ellos.

Hay personas que amanecen con una energía incontenible, otras apenas pueden levantarse. Esa virtud misteriosa es como el poder transformador del viento, invisible pero con efectos visibles y ante el cual hasta las hierbas se inclinan. Si lo real es un río, el entusiasmo es la nave que despliega libremente su energía. Más que una cualidad es un estado de ánimo que no necesita ver para creer, porque su fe mueve montañas.

Entusiasmo es distinto del optimismo. Mucha gente confunde el optimismo con el entusiasmo. Optimismo significa creer que algo favorable va ocurrir, inclusive anhelar que ello ocurra, es ver el lado positivo de las cosas, es una postura amable ante los hechos que ocurren. En cambio el entusiasmo es acción y transformación, es la reconciliación entre uno mismo y los hechos, las cosas.

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