Lo que siembres con tus labios, eso cosecharas. Si estás hablando bendición, eso recogerás, pero si estás hablando maldición: pobreza, enfermedad, muerte, no puedo, no tengo. Esto tendrás. La confesión
es tan poderosa que por medio de ella Dios nos salva.
La fe tiene niveles y se activa si la boca la proclama. Con el corazón se creen las promesas y con la boca se activan. Mi corazón creyó que soy salvo para justicia y con la boca lo confieso para lograrlo. Podemos estar llenos de bien pero nada se activa si no se dice.
La fe produce algo cuando se cree y se habla, no cuando se queda guardada dentro del corazón. La palabra tiene un poder creativo. Además, las palabras de fe se reciben cuando se tiene el corazón dispuesto, de lo contrario, caen en tierra desierta. En medio de la aflicción no se habla de tristeza sino del gozo del Señor que es nuestra fuerza y de lo que esperamos que haga. En medio de la enfermedad se habla de la llaga de Jesús que nos salvó. Habla bien a pesar de la aflicción.
Las promesas deben estar en nuestra boca siempre, aun en medio de los problemas. Hay que hablar lo que Dios dice, no lo que nuestra alma afligida quiere que digamos. Las palabras aumentan los sentimientos e influyen en ellos, sean buenos o malos, así que habla bien para que tus sentimientos siempre sean buenos. Si tu sentimiento de inseguridad es grande, se volverá gigante al decirlo. Habla de tu seguridad para que crezca y consuma a tu inseguridad. Las buenas palabras deben consumir la mala realidad. Si digo que no tengo, no tendré, si digo que tendré, así será. Demuestra tu fe con tus palabras, conversaciones y expresión.
